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La nueva mirada de Galileo

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Me alegra que me haga esa pregunta. ¿Golpeará un asteroide la Tierra?


El Universo no se diferencia mucho de otras realidades cotidianas. El precio de vivir cómodamente en un planeta soleado y con buenas vistas se traduce en un contrato inmobiliario donde los efectos secundarios vienen en letra pequeña. Y es que a nuestro jardín le ha salido un obstáculo en forma de pedrusco: los asteroides. Su particular existencia deriva de los fragmentos de material rocoso que nunca llegaron a convertirse en planetas hace 4500 millones de años, la época en la que empezó a constituirse todo el Sistema Solar. Desde entonces, esta región es un gran campo de tiro en el que ningún planeta, incluida la Tierra, está a salvo.

La mayor parte de los asteroides se encuentran confinados en un anillo alrededor del Sol, entre las órbitas de Marte y Júpiter, llamado cinturón de asteroides. Sin embargo, algunos consiguen fugarse tras chocar entre sí y se colocan en órbitas inestables que, por el efecto gravitatorio de los planetas, llegan a cruzarse con la Tierra. Los fragmentos de asteroides que sobreviven a la abrasadora caída a través de la atmósfera terrestre son los meteoritos. Su análisis permite elaborar un retrato robot del origen del Sistema Solar y reconstruir los diferentes escenarios de la evolución de nuestro planeta y de nuestra especie.

Asteroides conocidos entre las órbitas de mercurio y Júpiter. En verde, los miembros del cinturón de asteroides, que orbitan entre Júpiter y Marte. En rojo, asteroides en orbitas cercanas a la de la Tierra (NEOS). (Crédito: Minor Planet Center). 

 

Tan importante es el objeto del delito como las huellas que deja. Un rasgo distintivo de los meteoritos son los cráteres que forman tras el impacto. Aunque hace apenas 25 años se pensaba que su origen era volcánico, hoy se han identificado más de 170 cráteres en la superficie terrestre, la mayoría de ellos con menos de 200 millones de años de edad. La actividad volcánica, los movimientos tectónicos, la erosión producida por agentes atmosféricos y las transformaciones causadas por los seres vivos han borrado de la superficie muchos de los cráteres más antiguos, mientras que otros permanecen escondidos en el fondo de los océanos.

Por suerte, tenemos a un confidente: la Luna. Nuestro satélite natural es el mejor registro de formación de cráteres gracias a su superficie exenta de erosión. Basta estudiar la distribución de cráteres en la Luna y la cantidad de residuos que vagan por el Sistema Solar para calcular la frecuencia media de impactos en la Tierra. Gracias a este banco de datos, sabemos que durante los últimos mil millones de años, asteroides y cometas han chocado en multitud de ocasiones contra nuestro planeta. Y aunque sospechamos que han jugado un papel determinante en la aparición de la vida, como portadores de agua y de material orgánico, también creemos que tienen un amplio historial delictivo.

El impacto de un asteroide hace 65 millones de años se ha relacionado con la muerte de más del 70% de las especies de la Tierra, entre ellas, los dinosaurios. Una posible prueba del suceso es el cráter semisumergido de Chicxulub, en la Península del Yucatán, en México. Con 200 kilómetros de diámetro, el objeto que lo originó pudo tener unos 10 kilómetros de diámetro. Los fósiles demuestran que la extinción fue brusca, devastadora, en un intervalo de tiempo de no más de 1.000 años. También se han descubierto por todo el planeta estratos rocosos de esa fecha con un contenido anómalo de iridio, elemento muy escaso en la corteza terrestre.

 

Cráter de Chicxulub. En la imagen izquierda se aprecia la pendiente provocada por el cráter. La imagen de la derecha es un mapa de las alteraciones gravitatorias de la zona. Crédito: NASA/JPL-Caltech



No obstante, en la lotería cósmica se admite un bajo riesgo estadístico de colisión. De hecho, cuanto mayor es un meteorito, menos probable es que caiga. Una roca de dos kilómetros, capaz de provocar la devastación de todo el mundo, sólo se precipita sobre la Tierra una vez cada 500.000 años de media. En cambio, todos los días caen más de 100 millones de residuos interplanetarios de pequeño formato y poca densidad que son volatilizados por la atmósfera sin causar ningún daño, algunos convertidos en estrellas fugaces.

Hoy se conocen cerca de 145 asteroides con suficiente capacidad de destrucción que mantienen riesgo de colisión con la Tierra. Entre ellos, el conocido Apophis, con un tamaño de dos campos y medio de fútbol. Desde que fuera descubierto en 2004, los expertos estimaron que existía una probabilidad entre 45.000 de colisión con nuestro planeta en 2036. Sin embargo, cálculos recientes sugieren que el riesgo es mucho menor, 1 entre 250.000. El principal problema es que en el Universo todo lo que gira, vuelve. Apophis podrá tener una segunda oportunidad en 2068, aunque su próximo acercamiento en 2013 permitirá predecir con más exactitud su órbita.

No es el único ejemplo de asteroide peligroso. La mayor amenaza conocida hasta ahora tiene el nombre de 1950 DA y un tamaño de más de un kilómetro de diámetro. Su máxima aproximación a la Tierra será en 2880 y, aunque se barajan varias trayectorias, se ha calculado un riesgo de impacto de 1 entre 300. Si consideramos que la probabilidad de que nos toque la lotería de Navidad es de 1 entre 15 millones, podemos hacernos una idea del peligro real que estos asteroides suponen para la especie humana.

Jamás nos quitaremos el miedo de encima. Quizá podamos desarrollar estrategias para desviar asteroides con suficiente antelación. O bien nos dé tiempo de cambiar de residencia planetaria. Pero, como en cualquier excursión, la humanidad siempre llevará una piedra incrustada en la suela de la bota.
Es la consecuencia de vivir en un Universo formado por retazos de catástrofes. Estudiarlo y comprenderlo tal vez nos alivie de la angustia de tener que preocuparnos por lo irremediable.

 

 

AUTOR >> Iván Jiménez, periodista científico



Créditos


Iván Jiménez es periodista científico.

 

IMAGEN1: Asteroides conocidos entre las órbitas de mercurio y Júpiter. En verde, los miembros del cinturón de asteroides, que orbitan entre Júpiter y Marte. En rojo, asteroides en orbitas cercanas a la de la Tierra (NEOS).
Crédito:
Minor Planet Center

IMAGEN2: Cráter de Chicxulub. En la imagen izquierda se aprecia la pendiente provocada por el cráter. La imagen de la derecha es un mapa de las alteraciones gravitatorias de la zona.
Crédito:
NASA/JPL-Caltech
 


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